domingo, 19 de agosto de 2007

Viendo vivir II

La señora Cristina Mendieta recientemente viuda de Jiménez, se fue a vivir a la playa cuando murió su marido. Nos hicimos amigos el día de su partida, cuando le ayudé a embarcar sus maletas en el carro. Al despedirse me dijo que nunca volvería para no recordar al difunto, pero que tampoco nunca dejaría el luto para no olvidarlo por completo. Desde ese día, hace unos 20 años atrás, comencé a verla vivir junto al mar. Los primeros años de su viudez en la playa los llevó como toda mujer con marido muerto: con un silencio ensordecedor que competía con el romper de las olas.
Luego de unos años empezaron a construir cerca a su casa un hotel ecológico hecho con bambú y maderas de las zonas aledañas . El sector inesperadamente fue invadido por un enjambre de hombres con torsos desnudos que, luego de casi 2 semanas de construcción, empezaron a despertar a la mujer que dormía aprisionada entre tules negros. Una tarde, como todas las tardes desde que llegó de la ciudad, salió a pasear por la arena ataviada con los elementos de siempre: gafas y sombrero para el sol y vestimenta negra por el luto. Se había acostumbrado a usar vestidos anchos que al soplar el viento le distorsionaban la figura esbelta que tenía. Esa tarde , en lugar de ver al mar como siempre, miró hacia la izquierda y descubrió un frenético ir y venir de hombres sudorosos que brillaban al sol. Aunque era una construcción, ella sintió que presenciaba un comercial de pantalones jeans para hombres. Ninguno de ellos notó su presencia a la distancia, pero ella se fue contenta creyendo haber descubierto una mirada lasciva en medio de tantos ojos.
En realidad Simón la había visto, pero no porque le llamara la atención una mujer madura, sino porque él había enderezado su cuerpo luego de estar agachado amarrando fierros por mucho rato. En las tardes siguientes, ella empezó a salir con vestidos más ligeros que permitían adivinar la esbeltez de su figura. Caminaba desde su casa un kilómetro hacia la izquierda hasta unos cien metros más allá de donde estaban construyendo el hotel y luego volvía recorriendo la misma ruta. Cada vez que pasaba frente a la construcción, en un premeditado acto inconsciente realizaba un pasito de ballet, jugaba con su cabello, colgaba sus gafas en el escote o se alzaba un poco el vestido para dar saltitos escapando del agua. Eran estrategias para despertar el interés y las miradas de su galán. Pero Simón la miraba porque ya era parte del paisaje, porque le parecía digno de plasmar en un cuadro a una viejita de negro sobre un fondo mitad ocre por la arena, mitad azul por el mar. Lo bueno era que ella ignoraba las apreciaciones artísticas de su albañil y solo pensaba que era amor. Durante muchos días recorrió su kilómetro de placer que la hacía sentirse nuevamente joven, nuevamente mujer; aunque en realidad era él quien lograba ese milagro en ella.
Un día doña Cristina salió al atardecer a caminar frente a la construcción, pasaba dando pequeños saltos, poniéndose las gafas en el escote que cada vez enseñaba más y se alzaba el vestido más de lo debido para saltar esquivando el agua. Todo para atraer los ojos de Simón, a quien esa tarde lo descubrió trabajando solo! Al verlo atando fierros ella paró de huirle al agua, pero mantuvo adrede alzado su vestido más arriba de la rodilla, a la altura precisa en la que ella se sentía deseada.
Simón en realidad había ido esa tarde de domingo a terminar una tarea que había dejado inconclusa la jornada anterior. Él también cuando miró hacia el mar vió algo distinto en la viejita de siempre: descubrió una sonrisa de quinceañera que revelaba una ilusión impúdica, exagerada y carente de toda conciencia del ridículo. Al darse cuenta de la situación, Simón sonrió y supo que doña Cristina nunca intentaría acercarse, porque el placer no era la proximidad, sino las estrategias emprendidas para que él la deseara. Cuando comprendió plenamente lo que sucedía, el galán sintió pena de su dama y se comprometió consigo mismo a no dañarle la magia. Para él era una buena acción, para ella era como volver a vivir...
Aún ahora, cuando vayan por la playa de Las Cruces, verán a una viejita vestida de negro que todas las tardes revolotea por la arena y a veces se mete al mar para, a fuerza de mucha imaginación, sentir las manos de su amado cuando el agua se le escurre por en medio de los senos mustios. El hotel ya no está, se lo llevó la corriente de El niño. Simón ya no está, se casó con la hija de la cocinera que daba de comer a los albañiles. Ella sí continúa ahí y continuará, porque las tardes de huirle al agua alzándose el vestido, las tardes de sentir las gafas entre sus pechos; aquellas tardes en que alzaba la mirada y descubría a un hermoso joven de torso sudado, para ella esas tardes serán eternas.