Ella es una niña preciosa. Vive en una casa con una familia, estudia, pero carece de afecto, tiene ciertos problemas de lenguaje y quienes deberían no le prestan mucha atención. Es la vida que le ha tocado vivir como consecuencia de los actos irresponsables de sus padres. Hacer antes de pensar, desear antes de amar, correr antes de caminar. Por eso llegar a mi casa para ella es casi un milagro, un paréntesis dichoso en medio de una vida que sola le transcurre por inercia. Cuando está conmigo, sus ojos y su sonrisa me hablan sin necesidad de palabras. Al menos en teoría, cada 15 días ella está conmigo, la traigo a mi casa, salimos de paseo, le compro helados, mira películas de Dora la Exploradora, me ayuda a cocinar, la llevo al parque y de noche antes de que se duerma le cuento una historia mientras la peino o le limpio la carita con colonia. A veces en mi ragazo se queda dormida y cuando la escucho respirar tranquila y segura, lo único que hago es llorar sin moverme.
Mi esperanza es que ese cambio agradable que vive cada 15 días o cada vez que la traigo se le grabe a fuego en la memoria y en los ojos, para que siempre tenga la certeza de que hay algo mejor que esa vida que le ha tocado, y que ella puede hacer mucho para obtener y vivir en esas circunstancias mejores.
No espero que las circunstancias y condiciones en las que vivo sirvan o sean el ejemplo que nunca le he dado, pero ruego a Dios que, primero la convenzan de que la vida es más de lo que tiene y vive ahora allá en su casa y segundo, espero que esa certeza la inspire a luchar y a no aceptar sus actuales condiciones como inmutables y eternas. Si todos tenemos un objetivo para estar vivos, quizás el mío sea ese: convencerla de luchar por algo mejor de lo que tiene ahora, porque lo de ahora no es lo mejor que hay.