Una gran metrópoli:
Muchos rascacielos, tráfico, ruido y smog.
Arboles marchitos y tiznados, hierva pisoteada en los parques y paredes con grafitis en los barrios peligrosos.
Una mañana canicular:
Una masa humana que camina por las calles con un estrés que no se aguanta.
Un viento que no alivia el calor y un rascacielo enorme que refleja el sol en sus cristales.
Un edificio de cristales oscuros:
Adentro en sus oficinas una primavera artificial que no habla del calor.
Adentro en sus pasillos otra masa humana que fresca camina hacia su sueldo.
Para él el día empieza 3 horas antes del horario de entrada: a las 5:30 el desayuno, a las 6 en punto en la primera oficina del primer piso y justo antes de que lleguen las recepcionistas -10 minutos antes de las 9- termina de poner el sello de la fecha en los documentos de la oficina 330 del tercer piso, ahí acaba su silencioso y cuasi incógnito trabajo. Casi nadie lo conoce, solo aquellas chicas que por accidente alguna vez han llegado mucho antes del horario de entrada. Ya hace algunos años atrás, una de aquellas chicas entró en su mundo, en el cual se creía invisible, y le preguntó desde cuándo él trabajaba ahí y el señor solo atinó a decirle "siempre". No mentía. Desde que tuvo uso de razón sus recuerdos solo viven dentro de esos pasillos y oficinas interminables y el brillo del sol en los cristales es su mejor recuerdo de infancia. Así que eso no era un trabajo para él: poner el sello de la fecha en los documentos diarios de 90 oficinas era una rutina de vida como comer o ir al baño.
Luego, en alguna ocasión le aumentaron el trabajo. Ya no era solo el sello de la fecha, también debía poner al final de los documentos un sello con una rayita sobre la cual se debía escribir un número. Y luego le aumentaron otro que lo debía poner "en el lado inferior izquierdo , a 3 centímetros del marco general del documento" (se lo había aprendido de memoria para nunca fallar), este nuevo sello era un círculo para resaltar un número. Así que cada día debía estampar 270 sellos en documentos de 90 oficinas repartidas por 3 pisos, y máximo en 2 horas con 50 minutos. Si alguno de los que trabajaban ahí lo hubieran sabido, quizás ya tendría un monumento, pero todos ignoraban todo de él. Todos, excepto los dueños de la empresa. Ellos, desde su olimpo de cristales translúcidos, vigilaban sus pasos día a día y solo esperaban que el tiempo hiciera lo suyo, para un día levantarse con la feliz noticia de su muerte. Era la única salida "económica" que les quedaba, porque liquidar al viejo hubiera significado renunciar a algunos lujos. Habían intentado de todo para deshacerse del molesto jubilado, pero nada había resultado. Lo jubilaron con muchos beneficios y con un bono extra para que viaje a donde le dé la gana y a él lo único que se le ocurrió fue pedir que lo dejen seguir trabajando y cobrando su sueldito. El médico de la empresa le había inventado una mal extraño, pero él decidió seguir poniendo sellos hasta donde la muerte se lo permitiera. Con el paso del tiempo el médico tuvo que inventar un milagro para explicar por qué aún no se había muerto el jubilado. De un sello le aumentaron a 3 sellos su trabajo, confiando en que no lograría sellar tantos documentos y esperando de que se hostigue, pero nada había resultado.
Nunca hubo una queja de su trabajo, y quizás solo le hablaba a alguien o alguien le hablaba a él cuando todos los planetas del sistema se alineaban. No era mudo, ni nadie lo odiaba; simplemente su tarea terminaba cuando llegaban los oficinistas. Las únicas voces humanas que escuchaba eran las de una radio vieja para las noticias, la de una hija lejana que lo llamaba una vez al año, la de la secretaria de los pagos del sueldo y las voces de las chicas oficinistas a lo lejos, cuando él ya se iba terminando su tarea.
El mundo caminaba sin él: las metas no dependían de él, el sueño de nadie dependía de una decisión suya. Ni el sol dejaba de brillar en los cristales, ni las flores de surgir en los balcones. Nada, ni nadie dependía de él. Nadie esperaba nada de él, ni nada podría esperar nadie de él.
De un don nadie desconocido, de un pobre viejo ignorado solo se podría esperar que muera en silencio. Su muerte no la sentiría ni el perro que nunca tuvo. Así lo creíamos todos.
Un martes, a las dos de la madrugada el viejo murió. A las 9 menos 10 llegaron todos a las oficinas, y nadie se percató de que los documentos no tenían fecha, ni rayita para el número, ni círculo alguno. A las tres horas, ya cuando algunos documentos se habían firmado y logrado acuerdos con ellos, recién se percataron de que el viejo de mierda no había puesto la fecha y lo demás!!
Luego de enmendar acuerdos y emitir documentos auxiliares para resolver trámites, se realizó una auditoría interna. Los resultados fueron contundentes: el dinero que se había dejado de ganar por emitir documentos incompletos era mayor a la liquidación más jugosa que se le hubiera podido dar al viejo.
Nadie lo lloró, pero sí lo recordarían por algún tiempo. La empresa les descontaría a todos el 10 % de los sueldos durante un año para recobrar "algo" del dinero perdido.